Nunca supe de mi hasta que caí en el.
Hasta que lloré en la impotencia y deseé vivirlo por ella.
No había obstáculos para buscarla, ni tan siquiera las palabras de mi gestora lograron intimidar mis pasos.
Supe de su mundo y sabía que mi mundo debería arder en las llamas de su infierno para liberarla.
Todos fueron como derrumbes, se cerraron las puertas, pero... Se abrieron más caminos.
Caí muchas veces y ya no lloraba, la meta era cambiar llamas de infierno, por gotas de agua y nubes celestiales.
Así muchos soles y muchas nebulosas pasaron.
Hoy su mundo es diferente al mío, pero mi mundo; ese que compré un sol cualquiera, es ajeno a sus tiempos.
Ya no es de llamas infernales, es de paz y espontáneas alegrías.
Nacieron dos mundos, más prósperos y hermosos y de uno de esos mundos otro mundo floreció.
Esos mundos son nuestros mundos, aunque nuestro mundo sea diferente.
— Édgar Plata —
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