Así como después lo reconocemos, también en ese instante lo hicimos en un estado de conciencia demoníaca.
He sido cruel, a tal punto que hoy intento comprender, como llegué a tal extremo.
No culparé a nadie en lo absoluto; fue la causalidad de mis actos del momento, que se reflejaron como en un espejo del tiempo pasado.
Era totalmente insensible, la oscuridad era total.
Caminaba como tantos muertos más que hoy veo, de allí que no me atrevo a juzgar.
Solo... Los miro.
Debo confesar que asesiné a un ratón de la manera más miserable y ruin.
Lo introduje estando vivo, dentro de una botella de tiner.
Lo dejé en toda la noche y a la mañana siguiente me acerqué a la botella para observar como había quedado su pequeño cuerpo.
—Osea que lo hacía con premeditación.
Ese es el acto de conciencia, de un ser sin escrúpulos, miserablemente ruin.
En aquellos tiempos, vivía una situación de separación, la madre de mis dos hijos, había partido dejándome solo. A causa de muchos tropiezos que había en aquella relación.
Pero... El ratón. ¿Que culpa tenía?
Ninguna claro está.
Hay tanta maldad en ese pasado, que no me encuentro a mi mismo dentro de ese ser.
No odiaba a nadie en sí. Pero seguro estoy que tampoco persivia esa paz interior que hoy me acompaña.
Era un ser además de cruel con un ratón; inseguro y actuaba a la defensiva.
Yo, que había hecho campañas en defensa de los derechos de los animales junto a la que prefirió partir.
En ese entonces era un ser despreciable.
Lo más extraño y que recuerdo muy bien, es que no me autopersivia de tal manera, no recuerdo haber sentido el más mínimo cargo de conciencia. Sentido de culpa no había.
Creo que era como un juego.
Hacia poco tiempo había regresado de las tierras de los llanos orientales de Colombia, estaba en cucuta.
En mi niñez también solía incrustar una espina en el pecho de un grillo, retiraba la ponzoña de una avispa y le colocaba la punta de una paja de pasto, asesinaba pajaritos con una cauchera y después los comía fritos.
Robaba los huevos de los nidos de los pájaros, introducía el dedo en el recto de las gallinas.
Aquellas cosas no me las reprocho tanto como la muerte del ratón.
Todo porque en ese entonces era un niño, que estaba solo, lejos de sus padres y hermanos.
Era seguramente algo muy inocente al momento de enfrentarlo con la maldad.
También fue malo conmigo en mi niñez, Daniel.
El tomaba en la mano pepas de ají y me las estrechaba en la cara, recuerdo que sentía un ardor insoportable y sentía que el rostro me ardía en llamas.
También ese vergajo de Daniel, tenía un par de guantes de boxeo, el es tres años mayor que yo.
Y jugábamos al box, el se ponía el derecho y yo, yo el izquierdo y no soy zurdo.
Era horrible y yo pendejo.
Seguramente la maldad sea producto de nuestras vivencias.
Si uno forma un joven en base a la violencia, obviamente será un ser reprimido y violento.
Pero hay soluciones para todo y es, el amor propio.