Trabajé 27 años como conserje en una escuela privada. Todos los días barría, trapeaba, limpiaba baños, sacaba basura. Los maestros apenas me saludaban. Los padres de familia me veían como si fuera invisible. Pero los niños siempre me trataron diferente.
Me contrataron cuando tenía 38 años. Necesitaba el trabajo urgente porque mi mamá estaba enferma y yo era su único sostén. El sueldo no era mucho pero era estable. Todos los días llegaba a las 6 de la mañana y me iba a las 3 de la tarde.
Los primeros años fueron duros. Algunos maestros me hablaban con desprecio. "Oye tú, limpia esto" o "apúrate que necesito el salón". Nunca me preguntaron mi nombre. Para ellos yo era solo "el conserje".
Pero con los niños era diferente. Ellos sí me preguntaban cómo me llamaba. "Buenos días señor Sergio" me decían cada mañana. Me preguntaban cómo estaba, si había desayunado, si mi mamá seguía enferma.
Había un niño, Alejandro, que siempre se quedaba conmigo en los recreos. Sus papás nunca llegaban temprano por él entonces platicábamos mientras yo barría el patio. Me contaba de sus problemas, de que los otros niños se burlaban de él porque usaba lentes, de que se sentía solo.
"Señor Sergio, ¿usted cree que yo pueda ser alguien importante cuando sea grande?" me preguntó un día.
"Claro que sí. Puedes ser lo que tú quieras" le dije.
"¿Y usted qué quería ser?"
Me quedé callado. Nadie me había preguntado eso en años. "Yo quería ser maestro. Pero no pude terminar la universidad."
"¿Por qué?"
"Porque mi papá se fue cuando yo tenía 17 años y tuve que trabajar para ayudar a mi mamá. Ya no hubo dinero para seguir estudiando."
Alejandro me miró serio. "Pero usted sí es maestro, señor Sergio. Me enseña cosas todos los días."
Esas palabras se me quedaron grabadas.
Los años pasaron. Vi crecer a cientos de niños. Muchos me saludaban con cariño, otros ni me volteaban a ver. Yo seguía haciendo mi trabajo, limpiando salones, arreglando lo que se descomponía, cuidando que todo estuviera en orden.
Mi mamá murió hace 15 años. Fue muy duro para mí. La directora de la escuela me dio tres días de permiso pero cuando regresé nadie me preguntó cómo estaba. Excepto los niños. Ellos me abrazaron, me dijeron que lo sentían mucho, me dibujaron cartitas.
Hace dos meses me dijeron que la escuela iba a cerrar. Que se iban a fusionar con otra institución y que ya no iban a necesitar mis servicios. Me quedaba sin trabajo después de 27 años de lealtad.
Me dieron una carta de despido y un cheque de liquidación. La directora me dijo "gracias por tus servicios" sin siquiera verme a los ojos. Salí de esa oficina sintiéndose vacío. A mis 65 años, ¿quién me iba a contratar?
Mi último día fue hace tres semanas. Llegué temprano como siempre, limpié todo como siempre. A las 2 de la tarde hicieron una pequeña reunión de despedida. Algunos maestros llegaron, me dieron la mano, me desearon suerte.
Pero lo que pasó después nunca lo voy a olvidar.
Cuando estaba guardando mis cosas en mi casillero, empezaron a llegar exalumnos. Uno por uno. Los que yo conocí cuando apenas entraban a primaria con 6 o 7 años ahora ya eran adultos de 33 o 34 años, muchos casados, con hijos propios, con carreras establecidas. Los que conocí hace 15 años ahora eran jóvenes de 21 o 22, recién salidos de la universidad. Los más chicos todavía estaban en preparatoria. Pero todos vinieron a despedirse.
"Señor Sergio, me enteré que se iba. Vine a darle las gracias" me dijo una mujer que ya debe tener 30 y tantos. "Usted fue la única persona en esta escuela que me preguntó si estaba bien el día que mis papás se divorciaron. Yo tenía 8 años y usted se sentó conmigo en el patio hasta que dejé de llorar."
Llegó otro hombre ya con traje. "Señor Sergio, ¿se acuerda de mí? Soy Daniel. Usted me ayudó cuando me caí en el patio y me rompí el brazo. Se quedó conmigo hasta que llegó mi mamá. Nunca lo olvidé. Ahora soy doctor."
Siguieron llegando más. Todos con historias de momentos que yo ni siquiera recordaba pero que para ellos fueron importantes.
Y entonces llegó Alejandro. Ya tiene 34 años. Llegó con su esposa y su hijo pequeño.
"Señor Sergio, vine con mi familia para que conozcan al hombre que me enseñó lo que significa ser un buen ser humano. Soy maestro de primaria. Y cada día trato de ser con mis alumnos lo que usted fue conmigo."
Me quebré. Lloré como no lloraba en años. Todos esos niños que pensé que solo me veían como el señor que limpiaba, me vieron como algo más.
Me dieron una placa que dice "Para el mejor maestro que nunca estuvo en un salón de clases". La firmaron más de 120 exalumnos.
Una señora se acercó, era la mamá de una niña que había sido mi alumna hace años. "Sergio, mi hija siempre habla de usted. Dice que usted le enseñó más sobre bondad y humildad que cualquier libro. Quiero ofrecerle un trabajo."
Me explicó que tiene una empresa de limpieza pero necesita un supervisor, alguien que sepa tratar bien a la gente, alguien con valores. "Le pago el doble de lo que ganaba aquí y tiene prestaciones. Y puede trabajar medio tiempo si quiere, para que descanse más."
No lo podía creer. Acepté.
Empiezo el próximo mes. Después de 27 años sintiéndome invisible para los adultos de esa escuela, resulta que para esos niños fui importante. Y eso cambió mi vida cuando más lo necesitaba.
Si alguien lee esto y trabaja en limpieza, seguridad, cocina, o cualquier trabajo que la gente considera "menor", quiero que sepan algo: su trabajo es digno y ustedes importan. No dejen que nadie los haga sentir menos.
Y si tienen hijos, enséñenles a respetar a todas las personas sin importar su trabajo. Enséñenles a ver a los demás con los ojos del corazón como esos niños me vieron a mí.
Gracias a todos los que me trataron con respeto estos años. Especialmente a esos niños que ahora son adultos con sus propias familias y que vinieron a despedirse. Ustedes me enseñaron que sí valgo.
— Edgar Plata —