Son como los cristales que cuelgan en forma de gotas de agua, en cada luminaria del templo infernal.
Los demonios de carne y hueso están en las altas esferas del maligno poder, y están al rededor de las heces.
Descarada y vulgarmente se presentan como salvadores, después de haber roto las alas y haber colocado en oxidadas jaulas la libertad.
Después de robar en nombre de la astucia y de bociferar haciendo alarde al orden.
Su infierno no esta basado en construir, sino en minimizar y destruir la recursividad de los curiosos.
Son demonios por los que siento compasión, pero no los considero dignos de mi confianza y mi mirada.
Burdos ladrones con manillas y relojes de los cadáveres perdidos bajo la maleta de la corrupción, y, a costa del hambre en cuerpos ilusionados por causas de su propia e ignorante necesidad.
Sé de los demonios.
— Édgar Plata —
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