martes, 24 de febrero de 2026

llegan tarde

No lloré cuando cerraron el ataúd de mi madre.
Y eso les molestó más que su muerte.
Me miraban como si fuera de piedra.
Como si no me doliera.
Como si no la hubiera amado.
Pero ustedes no saben…
que yo llevaba meses enterrándola poco a poco.
La enterré la primera noche que dejó de reconocer la casa.
La enterré cuando ya no podía levantarse sola.
La enterré cada madrugada en la que me quedaba despierto contando sus respiraciones, rogando que no fueran las últimas.
Ustedes llegaron perfumados al sepelio.
Con ropa negra impecable.
Con discursos listos.
Con lágrimas ensayadas.
Yo llegué con ojeras.
Con la espalda rota.
Con el alma hecha polvo.
No lloré frente al ataúd…
porque ya había llorado arrodillado en el baño para que ella no me escuchara.
Ya había llorado de rabia cuando el dinero no alcanzaba.
Ya había llorado cuando pedí ayuda… y el silencio fue la única respuesta.
¿Recuerdan cuando llamé?
¿Cuando supliqué aunque fuera una tarde para poder dormir?
Siempre había excusas.
Siempre había prioridades.
Siempre había “mañana”.
Pero el “mañana” nunca llegó para ella.
Y ahora…
ahora se desgarran el pecho.
Ahora dicen que era su reina.
Ahora publican fotos, frases bonitas, promesas eternas.
Qué fácil es amar a alguien cuando ya no necesita nada.
¿Dónde estaban sus manos cuando había que cambiarla?
¿Dónde estaban sus hombros cuando había que cargarla?
¿Dónde estaban sus voces cuando ella preguntaba por ustedes?
Yo sí estuve.
Cuando gritaba de dolor.
Cuando se avergonzaba por depender de mí.
Cuando me decía llorando: “Perdóname por ser una carga.”
Y esa frase…
esa frase me partió más que su muerte.
No lloré en el sepelio.
Porque el día que murió, yo ya estaba vacío.
Ustedes lloraron por la pérdida.
Yo lloré por el proceso.
Por cada pedazo de dignidad que la enfermedad le fue arrancando.
Por cada vez que la vi apagarse mientras el mundo seguía como si nada.
No, no lloré allí.
Porque mi duelo no fue un evento.
Fue una guerra silenciosa que peleé solo.
Y aunque ahora me miren con juicio…
aunque sus lágrimas suenen más fuerte que mi silencio…
hay algo que jamás podrán arrebatarme:
Yo fui su descanso cuando el dolor no la dejaba dormir.
Yo fui su voz cuando ya no podía hablar.
Yo fui su hijo… hasta el último segundo.
Y ustedes…
ustedes fueron espectadores de una tragedia que nunca quisieron protagonizar.
La vida es cruelmente justa.
Algún día entenderán lo que significa quedarse cuando todos se van.
Ese día, tal vez,
sus lágrimas ya no serán para impresionar a nadie…
serán porque sabrán exactamente
lo que se siente
amar solo.