El apego, el arraigo, la no conciencia de lo inmaterial, puede ser la razón por la que la no aceptación se apodere de nuestros momentos y nos sumerja en el dolor más profundo.
Desprenderse por siempre de nuestros seres amados en la cotidianidad de la existencia terrenal no es tan amable y fácil; pero nunca imposible, si comprendemos que a nuestro alrededor hay otras personitas que nos aman; que sufren con nuestro dolor y sufrirán si continuamos perdiendo la oportunidad de la aceptación.
Ojalá logremos llevarnos al pasado de cuando aquel ser que partió (para volver a nacer). No era parte de nuestros días y noches.
Y si fueren nuestros padres, saber que ellos fueron sin nosotros, que nosotros no éramos en el mundo del antes de nacer.
Comprender que lo que llamamos muerte; no es más que la continuidad de un estado natural del universo mismo.
Esa es una forma de iniciar el proceso de la aceptación.
Quien se va, no siente dolor humano. No llora, no ama nuestra existencia, no nos extraña.
Su existencia continua sin el saberlo, en el arco del triunfo.
En el universo mismo que estás hoy llorandole y extrañandole.
Cada parte material de nuestro ser vuelve a la nada con el tiempo, mientras el ser de luz, el alma o la esencia del ser, es inmortal.
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