jueves, 7 de mayo de 2026

cruel

¿Que ocupa la parte encefálica de un asesino, que hay dentro de ese craneo?
Seres que se complacen en el dolor y la tortura de los que han suplicado por la vida. 

Ese día por la tardecita, llegaron muchos hombres armados hasta los dientes, vestidos de camuflados y decididos a retirarnos de allí a las buenas o a las malas. Nos dijeron.
Deben abandonar estas tierras, ustedes han usurpado territorios que nos les pertenecen. 
Si alguno aquí tiene documentos que digan lo contrario, que los traiga inmediatamente. 
Dijo uno de los hombres que vestía un traje diferente a los otros.

- Nosotros no teníamos documento alguno.

Nosotros estábamos en otras tierras y de allí también otros hombres así vestidos como ustedes, nos sacaron alegando que esas tierras no nos pertenecían.
Somos ciento treinta y seis familias que hemos cruzado muchos ríos, y montañas. Nadie ha tenido compasión y siempre nos han dicho lo mismo.

- Ese no es nuestro problema, así que mañana pasaremos por aquí a esta misma hora, y ninguno de ustedes debe estar aquí. O aquí se quedarán. Pero sepultados. 
"Indios de la mierda". 
Y se fueron.

Nosotros no tenemos armas, no tenemos tierra con firmas de no sé quién, nosotros queremos vivir en paz y nadie ha querido que eso pase.
Nosotros toda la vida desde que recuerdo yo, y desde la historia que contaron nuestros ancestros. 
"Hemos vivido de milagro".
Cuando era niño, los que ya estamos mayorcitos hoy.  Hemos vivido las mismas esperiencias
de desalojo y persecución, con la insignia de INDIOS. 
Pero... Que que yo recuerde, ninguno de nuestros ancestros nos dijo, que nosotros hubiésemos venido de otro planeta.
Es más... Se dice por ahí, que nosotros estábamos aquí y un día llegaron otros hombres y se robaron nuestros derechos, nuestra libertad y nuestra cultura. 
Alegando una supuesta conquista. 

Igual nosotros no sabemos por el momento que hacer. 

Nos hemos reunido los hombres y mujeres mayores. 
Para tomar una desición.
Porque mañana dicen venir a sepultarnos.
El mayor de todos solo levanta sus brazos y canta a la tierra y al agua.
Las mayoras lloran algunas por la angustia, mientras las más niñas no comprenden mucho.
Otros más jóvenes proponen construir flechas y defender el territorio.
Pero en ningún caso, se procederá con violencia. 
Nuestro principio fundamental es la vida.

Repentinamente la tarde se ha puesto oscura y nubes negras se han apoderado de nuestro espacio de luz al sol.
Luego.
El agua que cae a cántaros es impresionante.
El río se ha crecido de tal manera, que se ha tragado el puente. El mismo por donde llegaron y se fueron los hombres armados.
Ese puente en guadua y bejuco que con tanto sacrificio habíamos construido.
Esos que vendrían mañana;
Ahora no tiene como llegar. 
Porque la avanzada del río es enorme.
En este territorio río abajo y río arriba, no he visto puente alguno.
Ni comunidad alguna a este lado del río.

Esa noche la lluvia no cesaba, muy habitual para nosotros es que el sol y las aguas vengan a aquí. Pero... Aquella tarde y noche se vino el agua con toda su familia y amigos. 
Llovió tanto que la montaña que ocupamos se convirtió en una isla. 
Y a ninguno de nosotros nos pasó nada.
El amanecer fue maravilloso. Era como si hubiésemos sido llevados a otro lugar por la naturaleza.
Nuestros cultivos de plátano estaban intactos, aunque había derrumbado algunas plantas, nuestro territorio era un remanso de paz.
El sol se asomaba por el filo de las montañas como sonriente y se empezaba a ver lo azul de arriba.
Era como otra tierra, en la misma tierra. 
El mayor ya no alzaba sus brazos, ahora los abría de frente como adorando al sol ⛅.

Ya no teníamos temores, ahora la tranquilidad de nuevo había reinado en nuestra comunidad que estaba toda a salvo.
Las mayoras hacían tarea de cada núcleo en familia, nosotros salimos a caminar por la extensa montaña, aquella vez, sin alejarnos tanto.
Subimos a la cumbre de irinía y la tierra era como islas. 
Y la armonía del espacio, la tierra, el agua, el sol y viento. 
Hacían de nuestro terruño un paraíso jamás imaginado la tarde anterior.

Ya no vendrían los hombres de armas y palabras fuertes e  insultantes. 
Yo, me preguntaba.
¿Que habrá sido de ellos?
¿De donde vinieron?
¿A donde fueron?
¿Estarían bien, o habrían muerto en la tempestad?
Sentí pesar e insertidumbre.

Habíamos casado y regresamos a la aldea para preparar los alimentos.
Cuando llegamos me acerque al mayor que ya estaba sentado en una butaca y se veía sereno y libre.
Le pregunté por los hombres que ayer habían venido a intimidar nuestra existencia.
Me miró compasivo y dijo.
Ya no volverán nunca más. 
- Edgar Plata -



















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