jueves, 30 de abril de 2026

llueve


Si hubieras visto como llovía.
Tanto mi querido Misifú. Que entre la oscuridad y la luz del faro, las gotas se asemejaban a diminutos luceros.
La orquestación era perfecta entre gotas en el tejado, golpeteos a las hojas en el jardín y las que reciamente azotaban el suelo.
Yo anhelante de ti, porque sería mágico para las letras.
El frío clamaba también la presencia de ella. Pero estaría en otros brazos quizá. O a lo mejor también estaría deseando estar aquí.
Después me costaba respirar, ya había cesado la lluvia y solo estaba la noche, el frío yo y tú ausencia.
Ahora que recuerdo, de ti. Solo queda eso.
Los recuerdos de mis años mosos, de tus tiempos de niña consentida, de nuestras noches de disfraces y de las locuras que nos convirtieron en seres despreciables. ¡Si! Despreciables para aquellos que padecieron a causa de nuestro egoísta ceguera.
Porque la juventud en su adrenalina, nos hace casi como rocas, duros e insensibles. Egoístas al solo pensar en la felicidad pasajera de nuestras formas.
Por eso solo quedan vagos recuerdos que lastiman aún mi presente.
Un día, o una noche intentaste buscarme, como también lo había hecho yo en otros tiempos.
Y supe que seguías siendo hermosa y tenebrosa a la vez.
Huí de ti. 
Casi como espantado. No podía ser nuevamente prisionero de tus apáticos caprichos.
- Edgar Plata -



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