Cada mañana, antes de que el sol irradie la energía que absorben con sabiduría los perros, las aves y algunos bípedos más.
Ella ha mojado ya su fresca y radiante piel, bajo los mágicos cristales diluidos provenientes de las montañas.
Cubre sus encantos y apuesta por un color diferente en sus harapos.
Se ha sentado unos minutos frente al espejo, para delinear las ventanas del alma y colorear de cerezas los frescos labios, los mismos que habrán de llevar la palabra mágica, esa misma que atentamente escucharán y asimilarán los pequeños duendecillos vestidos uniformemente.
Ella, ella "es mi amor" y nunca cederá a la furia de los caminos espinosos.
No será oprimida por los demonios que rodean sus angelicales espacios.
En silencio avanza por desiertos hasta encontrar el sedimento del oasis. (Dedicatoria a Yulitza Daza G.)
- Edgar Plata -
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